Entre pitahayas, pitayas y palabras antiguas
Una visita al súper terminó convirtiéndose en un recorrido por los cactus mexicanos, las frutas de temporada y el origen de una palabra que viajó desde el Caribe hasta nuestros días.
Todo comenzó porque estaba en el súper con mis hijos y vieron unas pitahayas. Eran tan coloridas y bonitas que enseguida me dijeron: “¡Mamá, compra de esa fruta para probarla en casa!”.
Y sí, claro que les hice caso.
Ya en casa me entró la curiosidad. ¿De dónde viene el nombre pitahaya? ¿Es lo mismo que pitaya? ¿Son parientes? ¿Y de qué color sería por dentro? ¿La típica blanca con semillitas negras o una de esas de color rosa intenso que también existen?
Partimos una y resultó ser blanca. Muy bonita. La comimos con cuchara. Su sabor nos pareció fresco, delicado y no demasiado dulce, pero fue una fruta que inmediatamente nos llamó la atención.
Así que me puse a investigar.
En gran parte del mundo se le conoce como “dragon fruit” o fruta del dragón. Pero la palabra pitahaya parece venir del Caribe. Sí, así como lo leen. Su origen sería taíno, la lengua que se hablaba en las Antillas antes de la llegada de los españoles.
Lo que más me sorprendió fue descubrir que, aunque la palabra parece venir del Caribe, estas frutas y muchos de sus parientes son originarios de México y otras regiones de Mesoamérica. Una de esas vueltas curiosas de la historia en las que una palabra viaja y termina acompañando a una fruta por generaciones.
De paso aprendí algo más: en nuestro idioma usamos muchísimas palabras de origen taíno. ¡Esto yo no lo sabía! No todo es náhuatl. Palabras como hamaca, huracán, iguana, tiburón, tabaco... e incluso maíz, vienen de esa lengua caribeña.
Y justo cuando pensaba que mi aventura frutal había terminado, al día siguiente fui a la frutería Esperanza donde soy clienta frecuente. Siempre que voy me quedo platicando con sus dueños, dos hermanos gemelos idénticos, Héctor y Hugo, amabilísimos, que saben mucho de frutas. Y siempre termino aprendiendo algo nuevo con ellos.
México tiene una diversidad de frutas que me parece impresionante.
Y ahí fue donde las vi: ¡pitayas!
Me emocioné muchísimo. Hugo me explicó que son parientes de las pitahayas y también nacen de un cactus, pero suelen ser más pequeñas y tienen espinas. Las que encontré eran amarillas, así que por supuesto me llevé varias a casa. Iba feliz como quien lleva un TESORO.
La emoción de partirlas fue enorme. Quería descubrir de qué color serían por dentro. Y vaya sorpresa que me di: tenían un color rojizo-anaranjado hermoso, como transparente, muy particular, lleno de pequeñas semillitas negras como las de la pitahaya.
Estaban en su punto y me parecieron una delicia. Más dulces que las pitahayas que habíamos probado el día anterior.
También traje una pitahaya de pulpa rosa intenso, casi fucsia. Una auténtica hermosura. Me impresiona cómo diferentes tipos de cactus, que viven en climas áridos y son muy aguantadores, pueden dar frutas tan hermosas. La naturaleza no deja de sorprenderme. Y ahí corroboré, en verdad son un tesoro.
Así que, sin planearlo, terminé dedicando un par de días a descubrir estas frutas maravillosas que tenemos en México.
Y justo ahora están en temporada, así que seguramente empezarán a verlas en mercados, fruterías y supermercados.
Si las encuentran, pruébenlas.
Son una joya.